El orden de trabajo no es decorativo: cada paso reduce una incertidumbre concreta antes de que se fabrique la primera pieza. Así se evita instalar carteles que después haya que mover.
Semana 1 y 2
Recorremos accesos, salas de espera, ascensores y cruces de circulación junto al personal de mantenimiento y admisión. Anotamos dónde la gente se detiene a preguntar y qué giros se equivocan siempre.
Semana 3
Volcamos lo relevado en un plano con los conflictos marcados: barreras visuales, señalética contradictoria, zonas sin referencia. Ese documento es la base de todas las decisiones posteriores.
Semana 4 y 5
Definimos qué se resuelve con pictogramas, qué con color y qué con mapas de planta. No todo merece un cartel: la clave está en decidir qué información va primero y qué puede esperar.
Semana 6
Personas ajenas al proyecto recorren el edificio con los bocetos en mano. Ajustamos alturas, tamaños y contrastes según lo que falla en la práctica y según la normativa de accesibilidad vigente.
Semana 7 en adelante
Entregamos las reglas por escrito: tipografías, paleta, tamaños mínimos y criterios de instalación. Así el edificio puede sumar servicios o reformar sectores sin perder la coherencia del sistema.
Si estás evaluando cómo encarar un relevamiento en tu edificio, escribinos y te respondemos con criterios concretos: qué se mide en sitio, qué documentación conviene reunir antes de la primera visita y en qué momento del proceso tiene sentido sumar al equipo de mantenimiento.
No hace falta tener el proyecto cerrado. Muchas consultas arrancan con una duda puntual sobre un acceso, un cruce de circulación o un plano que nadie termina de entender.
Los plazos se cuentan desde que recibimos la información básica del edificio. Si falta documentación, te avisamos antes de empezar a contar.
Antes de escribir, puede servirte revisar las vías de contacto y las condiciones de privacidad sobre el tratamiento de la información que compartís.
Antes de instalar la primera pieza hay un recorrido de trabajo que ordena las decisiones. Cada etapa deja registro escrito, porque un sistema de señales solo funciona si el edificio puede sostenerlo en el tiempo.
Caminamos los accesos, las salas de espera, los ascensores y los cruces donde la gente suele frenar a preguntar. Nos acompañan mantenimiento y admisión, que conocen de memoria los puntos flojos del edificio.
Anotamos giros equivocados, barreras visuales y zonas donde la señalización existente se contradice. Ese mapa de conflictos es la base para decidir qué se corrige primero.
Definimos qué se resuelve con pictogramas, qué con color y qué necesita un mapa de planta. La idea es que cada soporte tenga una función clara y no compita con los demás.
Antes de producir, probamos las propuestas con personas que no conocen el edificio. Ajustamos alturas, tamaños y contrastes según lo que observamos y según la normativa de accesibilidad vigente.
Documentamos reglas de color, tipografía, ubicación y tamaño para que el edificio pueda sumar servicios o reformas sin perder la coherencia del conjunto.
Volvemos a recorrer el edificio tiempo después para verificar que las señales siguen cumpliendo su función. Si algo se desordenó, se corrige sin rehacer todo el sistema.
Si querés ver cómo se traduce este orden en piezas concretas, podés revisar las prestaciones del estudio o conocer más sobre el equipo.